No os dejaré huérfanos

 

“Y yo rogaré al Padre, y os dartá otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre”

Juan 14,16

 

   La bendita Persona del Espíritu Santo es trascendental para la vida del creyente y para la vida de la Iglesia. El Espíritu Santo inspiró a los autores de la Palabra de Dios, la bienaventurada virgen María concibió por obra y gracia del Espíritu Santo, nosotros nos hemos dado cuenta de nuestro pecado y hemos acudido a Cristo por acción del Espíritu Santo y sin su ayuda no comprenderíamos nada de la Escritura.

 

   Por el Espíritu Santo somos sellados y confirmados en la fe, Él actúa en nosotros para que podamos vivir la vida cristiana y obra en nosotros la santificación. El Espíritu Santo nos ilumina, nos conforta, nos consuela y nos guía.

 

   El Espíritu Santo nos da dones para que podamos llevar a cabo la misión que nos ha sido encomendada por Jesucristo y el Espíritu Santo produce en nosotros frutos, sin Él no tendriamos gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza (Ga 5,22).

 

   El Espíritu Santo pone en nuestra boca las palabras adecuadas y nuestro culto debe ser en Espíritu y Verdad. A lo largo de los siglos muchas veces el Espíritu Santo ha sido olvidado y tenido en poco.

 

   Procuremos que el Espíritu Santo juntamente con el Padre y el Hijo ocupen un lugar central en nuestra vida y en la vida de la Iglesia para nuestro consuelo, gozo y edificación y para mayor honra y gloria de nuestro Dios.